Mis propios cuentos

Un cuento de Emilce Brusa.

Charol

Mi cuento en la voz de la narradora pampeana Cristina Welch durante la sección“Rincón del cuento” del programa radial de su ciudad.

Amelia se despertó con el ritmo del 2 x 4 resonando en su cabeza. Ese día a la noche iría al Club Social y Deportivo Villa Crespo con su amiga Dorita acompañada por su madre, como correspondía a una muchachita decente como ella. 

Preparó desde temprano el vestido, las medias de red y sus zapatos de tacón tipo Guillermina de charol y se fue a la peluquería.

Isidro lustró sus zapatos negros acordonados quedando brillantes como espejos. Pidió que le plancharan la camisa blanca y que orearan el traje azul marino. Por la tarde pasó por la barbería para rasurarse y  recortarse el bigote para estar de punta en blanco para la noche.

Había quedado con dos amigotes para ir al bailongo donde se presentaba la Orquesta Típica de Osvaldo Pugliese, su favorita.

Los varones, entre ellos Isidro llegaron temprano. Se sentaron en una mesa  cerca de la puerta de entrada y pidieron una botella de vino tinto. Era el lugar estratégico, la ubicación ideal para ir fichando a las percantas que iban entrando.

La orquesta típica empezaba a acomodarse y los músicos afinaban los instrumentos. Esa noche se presentaba Alberto Morán que convocaba a muchas mujeres que morían de amor por su facha y su voz.

La gente entraba y se acomodaban en distintas mesas. Un murmullo de voces diversas se expandía en el aire. La pista de baile esperaba ansiosa a las parejas. 

Isidro llevaba el vaso de vino a su boca cuando la vio entrar, casi vuelca su contenido porque su cuerpo tembló, algo se endureció entre sus piernas y su corazón le dio un vuelco, pero como buen macho, se supo controlar.  No obstante no despegaba su vista a esa muchacha bien peinada, con ese vestido que resaltaba las curvas, esas piernas enfundadas en medias de red y sus pequeños pies dentro de esos zapatos de charol negro. 

Amelia se acomodó en la mesa cerca de la orquesta junto a su madre y su amiga Dorita. Pidieron cada una una Hesperidina Bagley y estaba ansiosa por comenzar a bailar. Recorrió con su mirada todo el salón, en ese momento sus ojos se clavaron en ese hombre que la miraba con deseo. Ella bajó la mirada, tomó un sorbo de esa bebida suave y dulce, sus mejillas se enrojecieron. Volvió a mirar, entonces Isidro hizo la seña que Amelia esperaba, el cabeceo para invitarla a bailar.  

Empezaban los primeros acordes del tango Ahora no me conocés. Ella se levantó de la silla y él la llevó hasta la pista de baile. 

Uno enfrente del otro tomaban posición para comenzar a bailar. Isidro le tomó la mano izquierda con suavidad y con la otra mano, la sujetó en el lugar exacto donde  concluía la espalda de Amelia. Ella se estremeció pero lo dejó hacer, su cuerpo se entregaba más allá de su voluntad y él lo sentía, la apretaba con el aliento entrecortado de deseo. Así siguieron los tangos Manos adoradas. Qué nunca me falte. El mareo. Ellos no paraban de bailar, las manos guiaban para hacer las figuras, los giros, las cadencias sutiles y sencillos del tango que sonaba en la voz del cantor. La orquesta continuaba su repertorio ejecutando En secreto. Por qué. No quiero perderte  como que las letras de los títulos de los tangos hablaran por ellos.

Los bailarines caminaban, giraban y se hamacaban sin un solo gesto de obscenidad, sin ninguna exageración corporal. La sensualidad estaba en la música que entraba por sus oídos y fluía por todo el goce que emanaba del baile. Todos se hacían a un lado para verlos en acción. Era como si hubieran bailado desde siempre, como si se conocieran de otros tiempos, como si ya hubieran bailado muchas veces antes. 

Los zapatos de cada uno  obedecían  cada  paso y figura, brillaban a la par de ellos, las horas pasaban sin que se dieran cuenta. La gente ya se estaba yendo del lugar,  quedaban muy pocas personas, entre ellas los amigos de Isidro, la madre de Amelia y Dorita. 

Alberto Morán anunciaba su última canción Quiero verte una vez más. Esas mismas palabras salieron de la boca de Isidro. Amelia le susurró una dirección al oído. Y él la memorizó enseguida. Bailaron la última pieza entre cortes y quebrada con la promesa de verse al otro día. Isidro nunca le preguntó su nombre. Para él, ella, era “Charol”.

Dicen que en los salones de tango suelen colarse fantasmas melancólicos de otros tiempos en busca de sueños perdidos, sueños de amantes… Quién sabe si el amor que comenzó ese día en el Club Social y Deportivo de Villa Crespo acunados por los acordes del 2 x 4 de la Orquesta Típica de Osvaldo Pugliese no fuera el amor de esos fantasmas y que con Isidro y “Charol” (Amelia) se convirtieran en realidad.

Autora Emilce Brusa

Puntuación: 1 de 5.

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