Claves para, Narración oral, Nota

De principios y finales

Aproximación a las fórmulas de inicio y cierre de cuentos

Como tantos otros elementos de la tradición oral, las fórmulas de comienzo y cierre de cuentos, otrora tan valoradas, se han visto afectadas por el paso del tiempo y, como consecuencia, por la debilitación de la memoria y los cambios de gustos e intereses. Así, en las últimas recopilaciones de folclore narrativo las encontramos reducidas a su mínima expresión y, en los formatos contemporáneos del cuento oral, los narradores suelen prescindir de ellas al ejecutar sus repertorios, sobre todo cuando estos van dirigidos a público adulto. Estas fórmulas, además de servir como pequeño divertimento de lenguaje, actúan como llaves metafóricas que abren y cierran un mundo paralelo de ilimitada elasticidad espacio-temporal, un universo en el que todo puede ocurrir y del que el narrador procura distanciarse con la pronunciación de determinadas palabras. Algo que nos conecta con épocas en las que, según cuentan, el relato, lo cotidiano y lo sobrenatural caminaban de la mano y que, en una secuencia de paralelismo evolutivo, tienden cada vez más a desaparecer. En la tradición oral hispánica, podemos encontrar cierta variedad de fórmulas de inicio y cierre de relatos, unas procedentes de la cadena oral y otras como resultado de la invención personal de cada narrador. A continuación incluiré algunas de ellas, entresacadas de colecciones de cuentos tradicionales de diversas bibliografía.

Fórmulas de inicio

El empleo generalizado del pretérito imperfecto en las fórmulas básicas de inicio concede al cuento oral un valor poético añadido: Había una vez, Érase una vez, Érase que se era, Una vez era, Esta vez era, Era vez que, Era vez y vez (y su variante s) Esto venía a ser, Dicen [cuentan, resulta] que había, Esto quería ser, Esto había de ser, Vivían una vez… Con este uso se resalta la permanencia de los hechos en un pasado indeterminado y amplio, revistiéndolos de un halo de misterio ante el que no interesan aspectos como la fecha exacta de los acontecimientos, el momento y el lugar históricos o asuntos paratextuales como quién fue el primer cronista o el recopilador del relato. Nos basta con saber que los extraordinarios hechos que se nos van a presentar sucedieron pero no acabaron, estando conectados aún con nosotros.

Estas fórmulas fijas dominantes basadas en ese uso casi ritual del tiempo verbal se suelen ampliar y combinar de diversas formas:

• A mí me contaron una vez que era • Una vez dicen que dijeron que había • Esta era una vez que había • Pues vamos a ver que dicen que había una vez • Cuentan que cuentan que me contaron

En bastantes ocasiones los informantes se centran en aportar ambiguos datos geográficos…:

• En cierto pueblo • En un pueblecito de … • En cierto país ¡muy lejos, muy lejos!, que de lejos que era ya no me acuerdo ni dónde era • En la tierra del olvido, donde nadie se acuerda ya de nada • Allá, en un país muy lejano • En el sitio donde Cristo fue a dar las tres voces • Allá por donde San Pedro perdió el gorro

… o temporales:

• Hace mucho tiempo • En tiempos / En tiempos malos • En tiempos muy remotos • Esto ocurrió hace mucho tiempo, y así como me lo contaron a mí os lo cuento yo a vosotros • En cierta ocasión / Cierto día • En aquellos años en que se pasó muchísima hambre • Cuando Dios [Jesucristo y San Pedro] andaba por el mundo • Esto que os voy a contar sucedió hará cien años, más o menos • Hace ya muchísimos años • Cuentan que hace muchos siglos • Cuando los animales hablaban / Cuando los burros volaban, uno que lo vio me contó • En tiempos de Maricastaña • Allá por el año catapún

Y también alternan estas fórmulas de contenido con el empleo de vocativos como Pues señor o Pues mira y otras llamadas de atención más elaboradas y personales que parecen recurrir conscientemente al atractivo casi hipnótico del cuento oral:

• ¡Vayan cuentos y vengan cuentos! • Cuento va y cuento viene, no te creas nada de lo que te cuente

Incluso en algunas ocasiones se hace una tímida referencia a los agentes del acto, los narradores:

• Cuentan y no paran de contar • Cuentan los que lo vieron (yo no estaba, pero me lo dijeron) • Mi abuelo me contaba • Aquí estoy para contarte la historia

Poco más utilizan los narradores tradicionales para iniciar un cuento. No olvidemos que lo que interesa es ir lo más pronto posible al grano, a la acción, para no perder la atención de la audiencia, de ahí que no se pierdan en descripciones o distractores literarios tanto en el comienzo como en la narración propiamente dicha.

Fórmulas de final o cierre

Habrá que citar en primer lugar a quienes eligen finales sobrios:

• Y así se acabó el cuento / Y se acabó • Ahí terminó la historia • Y así ya ha terminao • Así que esto pasao, ya se acabó mi cuento / Y con esto se acaba el cuento • Y nada más / Y no pasó nada más / Y ya no hay más • ¡Ea! / ¡Ea, ya está! • Y este cuento se ha acabado / Con que ya mi cuento se ha acabado / Y ya está el (mi) cuento acabado / Este es mi cuento acabao • ¡Y chache! • Hasta que este cuento se acabó • Y ese cuento sacaron

Y luego partiremos de los conocidisimos colorín colorado y colorín colorete y de sus combinaciones básicas:

• Colorín colorado, cuento acabado • Colorín colorado, este [mi] cuento se ha acabado • Colorín colorado, este cuento está acabado • Y el cuento colorado ya se ha acabado • Y este cuento colorao por mi boca se ha escapao • Así que esto pasó, ya mi cuento se acabó • Y colorín colorete, el cuento se hizo cohete • Colorín colorao, colorín colorete, por el bocín salió un cohete

A estas fórmulas, conocidas por todos, los narradores suelen añadir pequeñas rimas que pretenden provocar una sonrisa en el auditorio, sobre todo cuando este está compuesto de gente menuda:

Colorín colorao, cuentecito rematao, y el que no alce el culo se lo ha chamuscao. Yo, que lo alcé, no me lo chamusqué • Y ya está mi cuento acabado y mi culito chamuscado • Y a quien no levante el culo se le queda pegado • Y colorín colorete, por la chimenea sale un cohete y al que no alce el dedo, un cachete • Y colorín colorete, por la chimenea sale un cohete y por el portal siete • Cuento contao, cuento acabao, por la chimenea se va al tejao, y del tejao al pozo para que no lo escuche ningún mocoso • ¿Te ha gustao? Pues por eso te lo he contao • Y fue por un caminito y fue por otro y si este cuento te gustó, mañana te cuento otro • Y entra por el sano y sale por el roto, el que quiera que venga y me cuente otro • Y aquí se rompió una taza y cada quien para su casa • Y como dice don Crispín, este cuento llegó a su fin • Y aquí termina esta historia, más larga que una zanahoria • ¿Y el burro? Pues álzale el rabo y bésale el culo • Y se ahogó la zorra. Y ¡chachipiritorra!

En algunas historias, sin embargo, lo más importante para quien narra es dejar claro que, a pesar de todos los avatares descritos, los protagonistas (que son, al fin y al cabo, con quienes nos identificamos) no han sufrido daños y tendrán un final feliz, o sea, una vida mucho más placentera que la narrada:

• Y fueron [vivieron] felices • Vivieron felices por muchos años • Fueron felices hasta que murieron; Dios los tenga en su gloria, amén, Jesús • Y desde entonces fueron muy felices y dichosos • Y pasaron felices pascuas • Y así terminó el cuento, todos felices y contentos

Este final feliz suele celebrarse, quizás para compensar el hambre imperante, con la mención de alimentos básicos como el pan, los ajos, el pimiento y los rábanos (tuertos y asados), aderezados con un poco de sal y alcaravea:

• Y se acabó el cuento con ajo y pimiento • Con sal y pimiento se acabó el cuento • Y se acabó mi cuento con pan y rábano tuerto • Y ya se acabó el cuento con pan y pimiento y alcaravea para el que no lo crea • Y ya se ha acabado el cuento con pan y pimientos y rábanos asados, y el que esté de pie… • Y este cuento se ha acabado, de pan y pimiento y rábanos asados ¡y en el techo está colgado! • Y se acabó el cuento con pan y pimiento, y rábano asao para el que lo ha escuchado • Y se acabó el cuento con pan y pimiento. Se agarró la zapa al culo que esté sentado. Y se levantó, se achicharró. ¡Ea! Ya se acabó • Aquí se termina el cuento con miguillas de pan y rábanos tuertos para mañana almorzar • Y con esto y el cesto lleno con pan y pimientos y rabanillos tuertos se acaba este cuento • Y se acabó el cuento con pera y pimiento • Con pan y pimiento asado este cuento se ha acabado • Y se acabó el cuento con pan y pimiento y rabanillos tuertos • Y aquí se acabó el cuento con pan y pimiento y rábanos tuertos, y el que quiera más que vaya a mi huerto. • Toma un poquito de alcaravea para que tú mañana lo veas • Y un granito de sal para acabarlos de engañar

Aunque, si pueden permitirse un gran banquete, el plato principal, por exigencias de la rima, pasa de vegetal a animal, poniéndose en peligro la pervivencia de determinada ave:

Vivieron felices y comieron perdices • Se casaron, vivieron felices y comieron perdices, y a mí no me dieron porque no quisieron [porque no les dio la gana] • Y vivieron felices y comieron perdices, y a nosotros nos dieron con el plato en las narices • Y vivieron felices y comieron perdices, y a mí me dieron con los huesos en las narices • Y vivieron felices, comieron perdices y yo no las comí porque no las quise • Y fueron felices, comieron perdices, y a mí me dieron las patas y no las quise • Comieron tantas perdices que se empacharon • Y vivieron muy felices. Se comieron, lo menos, media docena de perdices • Y ellos ya vivieron felices y comieron perdices y guardaron una patita para mí, y como no fui no la comí • Y todos comieron perdices y vivieron felices y contentos, y a mí me dieron un rábano tuerto

Banquetes a los que determinados narradores, como vemos, parecen haber asistido, aunque con menos fortuna de la que quisieran:

• Y yo fui y vine y no me dieron ni para unos botines, y fui otra vez y me dieron pluma y papel • Y yo fui y vine y me dieron los botines [patines] para los pies y en el camino los destrocé • Y yo fui y vine y sólo me dieron para unos botines y, como eran de papel, por el camino los destrocé • Y yo vine y me dieron unos zapatos de papel para que en el camino lo pudiera yo ver • ¿Y qué me dieron? Unos zapatitos de afrecho; les soplé y se me fueron al techo • Y yo fui y volví y sólo me dieron unos zapatos de manteca que se me derritieron en el camino • Y a mí me dieron un sebo, pero en el camino por donde venía se me derritió y llegué a casa sin nada • Ya no vi más porque me había hecho mi padre unas albarcas de manteca, y como hacía mucho calor, se me deshacían y me quedaba descalza y me tuve que venir • Y ellos se repartieron el oro y a mí me dejaron pobre para contarlo • Y yo, después de tanto ver, me vine a mi casa, y ellos se quedaron muy contentos y felices • En fin, que ellos se disfrutaron muchos años y yo me vine aquí caminando • Y a mí me enviaron aquí a que te lo contara a ti • Y yo estuve allí y de una patada me enviaron aquí • Y cuando yo marché de aquel pueblo todavía quedaban bailando • Y yo, al ver eso, me unté los zapatos con grasa y me vine corriendo para casa • Yo me vine y allí se quedaron / Y yo me vine y los dejé allí
• Y yo me vine y no me dieron ni para un cigarrillo • Ya fueron ellos a su palacio, unos a un lado y otros a otro, y yo fui y no me dieron ni el mandao • Se acabó el cuento y yo fui a la muerte del amo, pero nada me dieron • Del frite que se comieron me tiraron con un hueso en el tobillo, que aguate me rompen un colmillo • Y yo me vine aquí y no vi más. Y yo me vine y los dejé, y no sé qué habrá sido de ellos • Y cuando estaban en lo más bonito del sueño, vino el día y los despertó

Al volver de semejantes sitios, a veces no queda otra opción que poner tierra de por medio entre lo narrado y la realidad, de forma que todos (narrador y oyentes) puedan volver sin dejarse nada en ese más allá de los relatos:

• Y fue cosa de cuento • Ellos allá y nosotros acá • Nuestros cuentos en Flandes • Y todo nuestro relato, mentira • Chistera, chistera, este cuento está fuera • ¿Qué hay en la plaza? Calabazas. Pues cada uno pa su casa. ¿Y qué hay dentro? Pipitas. Pues cada uno pa su casita • Y cada uno se fue a su casa • Y por un agujero entro y me salgo por otro. Y el que contó este cuento contará otro • Se acabó el cuento y se lo llevó el viento y se fue por el mar adentro • Y así pasaron muchos años hasta que este cuento se perdió entre castaños • Y este cuento se perdió; cuando lo vuelva a encontrar te lo volveré a contar

Entonces, cuando el cuento nos estremece y sus palabras, a modo de varita de virtudes, consiguen que accedemos a mundos invisibles aunque posibles, el narrador aprovecha para pronunciar fórmulas de cierre que aspiran a ser conjuros mágicos:

• Quien no quiera creer esta historia verdadera, que su cabeza se le vuelva de cera • Si es mentira, que se te vuelva todo un saco de harina; si es verdad, que se te vuelva saco de pan • Nuestros reyezuelos, hueso en la espalda

Y, rompiendo uno de los viejos tópicos sobre el cuento popular, diremos que muy pocos de estos textos (menos del 1% de los analizados) acaban con una sentencia didáctica o moralizante, lo que refleja una cuestión ya explicada en otros estudios: que la utilización ejemplarizante de los cuentos de tradición oral se procesó al margen de la cadena espontánea y con fines absolutamente distintos a los que impulsaban a la gente sencilla a narrar estos cuentos. Es precisamente en los textos de tipo religioso donde encontramos estos finales que quieren, además, insistir en la veracidad de lo contado:

• Porque están castigados por la mano de Dios • Y era que Dios ya le había perdonado • Y así pagó su delito • Quien todo lo quiere todo lo pierde • Mire usted qué milagro tan hermoso que hizo el Señor

Una penúltima cuestión. Francisco Castro, excelente informante de la comarca del Campo de Gibraltar, aún cerrando siempre sus cuentos con una ración de “rabanillos tuertos”, en cierta ocasión añadió: “Para que no se olvide”. ¿Podría ser la fórmula de cierre una forma de conjurar el olvido, enemigo de la tradición oral y de nuestra propia historia personal? Los efectos que estos finales tengan en cada uno de nosotros nos darán pistas para respondernos.

En fin, si todavía hay quienes insisten en buscar conexiones con la realidad, sin pensar que los cuentos, cuentos son, los narradores también tienen un final para ellos:

• Si ustedes no se lo creen podemos ir a casa de los felices esposos que estarán todavía comiendo perdices • Esto pasó en Fuente el Césped, de donde era el tío Caspe • Se lo he oído contar a la abuela • Esto es verdad y no miento, y como me lo contaron te lo cuento

Mención aparte merecen aquellos relatos que concluyen con un final rimado que hace referencia al propio desenlace del relato, no precisando entonces ninguna fórmula fija..

Pues eso: Como me lo contaron os lo cuento y me alejo de esta historia sin guardarme nada dentro.

Bibliografía consultada

• CUENTOS POPULARES ESPAÑOLES (3 vol.) Aurelio M. Espinosa, padre. CSIC. Madrid, 1946.

• CUENTOS POPULARES DE CASTILLA Y LEÓN. Aurelio M. Espinosa, hijo. CSIC. Madrid, 1996 (vol. I), 1988 (vol. II).

• CATÁLOGO TIPOLÓGICO DEL CUENTO FOLKLÓRICO ESPAÑOL. CUENTOS MARAVILLOSOS. Julio Camarena y Maxime Chevalier. Editorial Gredos. Madrid, 1995.

Puntuación: 1 de 5.

Claves para, Literatura, Narración oral, Narrar a la primera infancia

Literatura para la primera infancia. A la hora de elegir… ¿Qué narrar?

¿Para qué sirve la literatura infantil en la primera infancia?

Los libros de literatura presentan un mundo imaginario en el que los protagonístas actúan de acuerdo a pautas solamente válidas dentro del texto de ficción. Los animales pueden hablar, pensar, tomar decisiones, se visten como personas, reaccionan con conductas similares a las del mundo humano. La identificación con el personaje del texto literario, es el punto de partida para que deseen escucharlo. Los personajes literarios más atractivos son por lo tanto los que juegan, los que quiebran el orden establecido, los que se aventuran y descubren otros mundos, sufren vicisitudes, pero salen airosos de esas circunstancias. A los niños les gustan los seres imaginarios, los perros voladores, los ratones que van a la luna en barrilete, lo fantástico, la ruptura definitiva de las fronteras de lo real. Por lo tanto la literatura infantil sirve para conocer el mundo, para jugar dentro de ese mundo imaginario, para acompañar emociones y sentimientos, para encontrar la voz cariñosa del adulto, para establecer vínculos.

A la hora de elegir… ¿Qué criterios podemos tener en cuenta?

El valor estético de una obra literaria infantil

Triángulo amoroso: Adulto, Bebé, libro.

La literatura habla de las cosas que conmueven, que estimulan el pensamiento sobre lo que nos está pasando, que arranca sonrisas o lágrimas, y que deja como única enseñanza ese contacto con las palabras que abren mundos nuevos, desconocidos tal vez, antes de escuchar ese texto. Pertenece al campo de la creación artística en el que no existen moldes establecidos. El valor estético recide en colocar en primer lugar las imágenes, la palabra poética, dónde encontraremos que dice cosas, pero de tal manera, que llega a lo más hondo del corazón.

El cuidado pedagógico ¿Dónde ponemos la mirada?

La importancia de la selección de los textos.

Con frecuencia nos preocupamos por la aparición de palabras de poca circulación, ya que se supone que los niños las desconocen y no comprenderán el sentido de la narración. Sin embargo, nada complace más a un niño que escuchar por primera vez una palabra, interrogar sobre su significado, escuchar una respuesta satisfactoria. Los textos para los primeros años, deben transmitir ideas de manera coloquial. Pero esto no quiere decir que no exista profundidas, pensamientos profundos.

Conocer un poco de pedagogía nos brinda herramientas para conocer los centros de interés temáticos en cada etapa evolutiva, sabiendo que se van modificando a través del tiempo, y que pueden ser una constante aún en diferentes contextos culturales. Así sabemos que a los bebés les atraen más las historias en las que se ponen en juego un personaje infantil y un objeto conocido – una pelota, un pájaro – o una figura familiar que puede asociar con su mamá. su papá u otra persona cercana.

A los dos o tres años disfrutan de narraciones en las que intervienen más personajes y los hechos del cuento suceden en espacios que les den gusto recorrer: la plaza, el mar. Es decir, aparece el interés por los espacios exteriores en los que puedan sentirse protagonístas. Eligen personajes que se disfrazan y engañan a otros, y situaciones lúdicas en las que ya no está presente el adulto.

Imagen de PublicDomainPictures en Pixabay 

Los niños de cuatro y cinco años, se inclinan por los elementos mágicos o sobrenaturales, como los que aparecen en los cuentos tradicionales. Nace la curiosidad por temas más complejos: el amor, los nacimientos, la muerte, las aventuras en lugares extraños, y toda historia en la que los protagonistas se alejan de la tutela familiar y atraviesan por sí mismos las dificultades o las amenazas del mundo exterior.

En lo que se parecen todos los niños, a cualquier edad, es por el inmenso placer que les producen las historias que los transportan a un mundo diferente, con provocaciones a su imaginación, a su sonrisa, y también a su emoción más oscura. Les gusta, como a todos, que los asombren.

La representación del Mundo: ideas, creencias, valores culturales.

Ningún cuento es inocente, menos aún el que va dirigido a la primera infancia. Toda obra literaria contiene en su interior una representación del Mundo, una escala valorativa sobre la conducta humana. Aquí las polémicas suelen ser intensas, ya que, como es sabido, no todos compartimos los mismos códigos con respecto a lo que está bien o está mal, ni ahora, ni en el pasado remoto. Para cerrar la nota, una frase para reflexionar : todos somos diferentes, el problema es cómo aprendemos a respetarnos en esas diferencias.

Nota escrita por Emilce Brusa

Puntuación: 1 de 5.