Mis propios cuentos

Un cuento de Emilce Brusa

Fotografía de un inmigrante

Narración del cuento en el Canal de YouTube
Foto del relato

El muchacho llegó a fines de Mayo dejando la primavera del otro lado del océano. Dejó también esos besos y abrazos acompañados de ojos nublados por las lágrimas, de todos sus seres queridos.

Al bajar del barco el viento le dio una cachetada en la cara, cómo si quisiera despabilarlo. 

Tendría unos veinte y pico y mucho futuro por delante. En su bolsillo derecho del pantalón una foto en blanco y negro de su amor y en la maleta de cartón unos planos robados y ropa gastada.

Con el lenguaje universal, los gestos, pudo llegar hasta la casa del inmigrante en el barrio de La Boca. Consiguió una pieza compartida con otros hombres iguales a él, se hizo de amigos y empezó a pronunciar unas pocas palabras en español. 

Conseguir un trabajo le costó bastante tiempo, pero al final llegó uno indicado  en el interior de la provincia de Buenos Aires y allí se instaló.

Todas las semanas escribía cartas a su amada con promesas de traerla junto a él. Además contaba anécdotas, pesares y alegrías. Y ella respondía con su letra alargada y clara dando cuenta de sus ansias de estar juntos, de su extrañar y sobre todo de la falta de esos besos y caricias llenas de pasión, que tanto añoraba.

La guerra complicó sus planes, las cartas se retrasaron y la llegada de ella fue mucho tiempo después de lo soñado. Pero un día el enfrentamiento bélico acabó, entonces él pudo comprar un pasaje en el vapor más barato, cruzó el océano y regresó a su pueblo. Se vieron un día domingo y ambos sintieron que no había pasado el tiempo, como si la  despedida de hacía años hubiera sido  el día anterior. 

Se casaron allí frente a todos sus parientes como testigo de su mutuo amor. Después de la luna de miel subieron al barco para llegar a la Argentina; él regresaba a su nueva tierra dónde ya tenía una vida y ella estaba dispuesta a conocerla y acomodarse junto a su flamante esposo. 

Pasearon unos días por la gran ciudad de Buenos Aires, ella pudo conocer el obelisco y caminar por las calles del barrio de La Boca. Él le mostró el conventillo dónde pasó los primeros días al llegar sólo. Al cabo de un mes subieron al tren que los llevó al pueblo dónde él tenía su trabajo, sus amistades, su vida. 

En la estación de su pueblo, la besó y le tapó los ojos con el pañuelo de seda que siempre llevaba al cuello y le indicó el camino hasta su nuevo hogar. Ella caminó confiando cada paso a su lado. Caminaron unos cien metros y al llegar, él le desató el pañuelo y ella vió con ojos de agua su nuevo hogar.  Era una réplica exacta de su casa, la que había dejado en su país natal. El único fotógrafo del pueblo registró ese momento. 

Él lo tenía todo planeado desde hacía años, desde el día que había partido en busca de un nuevo futuro, cuando le robó los planos a su suegro para construir una casa idéntica a la de ella, allá en su tierra,  con la esperanza de evitar  que extrañara y que se sintiera en  casa. En su casa.

La foto de ese día  tan especial, única, llena de emoción, siempre los acompañó en un marco ovalado de madera oscura en el recibidor de su hogar. Juntos  aprendieron a querer ese lugar y a echar raíces firmes dónde lograron formar una gran familia.

Autora: Emilce Brusa

Puntuación: 1 de 5.

1 comentario en “Un cuento de Emilce Brusa”

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